Olvídate de fechas, de etapas, de etiquetas.

Mira. Lee. Disfruta.

Vive el arte por el arte.

DECLARACIÓN DE INTENCIONES

La asignatura de "Historia del arte", en segundo de bachillerato, despertó, y no sólo en mí, sino en muchos de mis compañeros de clase, sentimientos encontrados: por una parte, disfrutamos con las obras que estudiamos, a cuál más bonita, pero por otra, estudiarla como la estudiamos (por fechas, por etapas, por clasificación, por hojas y hojas llenas de características...) hizo que muchos acabáramos temiéndola o, peor aún, odiándola.

Por eso he creado este blog. Con la intención de animar a ver cualquier obra de arte sólo por sí misma, por lo que nos transmite, por lo que nos sugiere. No tener que recurrir ni a preguntarnos quién era su autor, ni cuál era su época, ni su técnica, ni nada de eso... no preocuparnos de qué nos quiere decir, sino de qué nos dice.

Es decir, lo que pretendo es acercarme al arte sin otra cosa que mis ojos y los sentimientos. Porque, en fin, me parece que eso es lo único original que puedo aportar a una obra de arte: lo que me transmite, lo que me llega de ella. De lo demás, es decir, del conocimiento académico y enciclopédico acerca de lo que la rodea, ya está casi todo dicho (basta con pinchar en la wikipedia).

Advierto de que TODO LO QUE AQUÍ ESCRIBO ES SUBJETIVO, muy personal. No es mi intención imponer nada ni debatir acerca de las obras sobre las que escribiré, pero sí que me gustaría conocer qué opinan, que sienten otras personas acerca de ellas, qué les transmite. Cualquier cosa relacionada con esta obra será bien recibida, y de hecho, creo que hablar sobre esto, sobre si una obra "llega" o "no llega", y qué nos dice, es en realidad lo más importante del arte, su esencia misma.

¡Muchas gracias!

Firmado: Esperanza.

LA GUITARRA MARRÓN


Al pobre viejo de la guitarra marrón sólo le queda eso: su guitarra marrón.


No hay momento en que se separe de ella y deje de sacar de sus cuerdas la vieja melodía de aquellos días en que la tocó por primera vez.


¡Días dichosos, hermosos, tan lejanos en la memoria! Por aquellos días las nubes eran blancas, el campo era verde, las amapolas eran rojas, y el mar era azul, pero de un azul brillante, no como el que tiene ahora… por aquellos días, en este mundo de colores de eterna primavera, las parejas se besaban, la gente reía y lloraba, amaba y se entristecía y compadecía a los otros… los hombres sentían la vida en sus espíritus. El sol calentaba y doraba las pasiones, florecían las ilusiones y el sonido profundo de una guitarra, una guitarra marrón, empezaba a escucharse por todas partes y a todos maravillaba.


Pero un día, de repente, sin saber cómo ni cuándo los colores habían empezado a apagarse, se extendió por todas partes el inmenso Azul y, como un mar helado, se tragó a todos los hombres. Los corazones dejaron de latir, congelados por el terrible Azul, que transformaba la carne rosácea en piel mortecina, la alegría en amargura, la algarabía en soledad. Los hombres se apartaban de los demás, se encerraban en sí mismos y hasta olvidaban que, un día, habían vivido.


Hasta el hombre de la guitarra marrón se volvió azul y triste, y azul y triste sigue siendo hoy. El gélido y silencioso sufrimiento, como a todos los demás, le sigue corroyendo el alma. Es ya viejo y sus huesos están entumecidos por el frío azulado, bajo la piel blanquecina; los ojos casi ni los puede abrir; pero sigue sosteniendo la guitarra que pacientemente toca repitiendo siempre las mismas notas que le traen a la memoria aquel mundo mejor donde cada cosa tenía su color.


Aunque pobre y viejo y desgraciado, él tiene un tesoro que nadie más comparte: en este mundo de Azul, una guitarra marrón.


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Pintura: Pablo Ruiz Picasso, "El viejo guitarrista".

Texto: Esperanza

¿A QUÉ HUELE LA ROSA?



¿A qué huele la rosa, mi niña?
Te veo así, embebida, ruborosa, estirando tu largo y níveo cuello, con los ojos entornados, los labios entreabiertos, y la mano apoyada en el muro florecido, pareciendo que de tanto admirar a esa rosa hasta el equilibrio has perdido, y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué clase de olor será ese, que te seduce y te roba para llevarte tan lejos?

Vuelas más allá de este patio, más allá de este campo, de este final de verano, mucho más allá … ¿pero adónde? ¿Hacia dónde tu espíritu transita? ¿Qué lugar precioso será ese, que tanto te embelesa y maravilla?

Quizás sea el sitio donde moran las ilusiones para el tiempo que comienza; la expectación ante los cambios que se avecinan y que te deparará la vida. Qué alegría ser tan joven, y poder tener bellos sueños, y creer que cualquier cosa podría ser posible. Así lo crees tú, princesa con perlas en el pelo: ¿qué río, qué montaña no podrías tú mover, qué escollo no podrías tú salvar, si esa fuera tu voluntad? Mientras aspiras y te empapas de los efluvios de la rosa, la vida que te espera te parece algo apacible, armonioso, y a la vez emocionante y espléndido. Como un camino de rosas.

Pensando esto, mi corazón de madre se estremece todo. Ahora te veo como una mujer, y ante ti veo ese camino salpicado de rosas. Es tu camino, y tú sola tendrás que descubrir que hasta las rosas tienen espinas, y que esas espinas pueden llegar a desgarrar y a doler como nunca imaginarías.

Pero hoy, ¿qué más da todo eso? Tú permaneces ajena a todo ello, y, absorta, sigues oliendo la rosa. Por ahora, eso basta.


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Pintura: John William Waterhouse, “El alma de la rosa”.
Texto: Esperanza

HISTORIAS TRAS LA BATALLA


Amanece en los campos de Quíos, donde la masacre sólo deja a su paso cenizas, tragedia y desolación.

Son las lágrimas de las mujeres, ahora viudas, y las gotas de la sangre de los caídos los que riegan la antes fértil tierra helénica.

Entre sables y espadas y cascos de caballo turco, una mujer se retuerce desnuda, atada a las bridas como lujurioso botín. Las cuerdas roen su piel de nácar y lastiman todo su cuerpo, pero le angustia más, mucho más, su futuro como esclava del hombre que ha matado a su padre, a su hermano, a su amigo.

Ajenas al infernal ruido de los triunfantes enemigos, las historias de amor llegan a su final: entre barro, rabia, sollozos y sangre, ya sólo le queda un último instante a la novia para aferrarse a ese cuerpo amado que de ella y de la vida se despide poco a poco, y que ahora, en el postrero momento de la agonía, ya se desploma y se da por vencido. Junto a ellos, otras dos almas se resquebrajan, se arrancan de sus cuerpos para no volver jamás: él, piel morena desgranada de rojo, yace abatido. Y ella, todavía conmocionada, sin darse cuenta de que un segundo ha bastado para tornar las promesas de boda en guirnaldas de mortaja.

Imposible mirar esos ojos de vidrio que nunca más se volverán a posar en ella, imposible devolver el calor a sus brazos, la sangre a sus venas, las esperanzas a su corazón. Imposible hacer otra cosa más que acurrucarse a su lado, cerrar los ojos entre lágrimas y desear seguirle allá donde él se ha ido.

Un niño llora asustado: ¿Por qué mamá está tan fría y tan pálida? ¿Qué le pasa? ¿Por qué lo mira de esa forma, como si estuviera tan lejos, y no lo besa y lo abraza como hace siempre? Por más que lo intenta, nada: mamá no hace nada.

En medio de todo, olvidada por todos, una mujer compungida mira al cielo: ¿Qué vendrá después de esto? Todas las flores del mundo parecen haberse marchitado hoy de pronto. Sólo hay oscuridad, polvo y tristeza. No más amaneceres felices después de este. ¡Qué desgracia seguir viva para verlo!

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Pintura: Eugène Delacroix, "La matanza de Quíos".
Texto: Esperanza

EL VESTIDO ROSA


Ahora que es verano los días en el pueblo se hacen larguísimos, y con el calor, todo el mundo se encierra en sus casas hasta que cae la tarde; entonces, con el crepúsculo, todos salen a las plazas, los niños a jugar, los ancianos a charlar, las mujeres a parlotear con las vecinas, y los mozos a mirar y a sonreír a las muchachas.

Yo, que siempre he sido un poco solitaria, prefiero escaparme y venir a sentarme aquí, en la cuesta que sube a la ermita, donde corre más el viento y se está más fresquito, y donde descanso un ratito después de todo el día trabajando. Vengo sola, cuando en la casa ya nadie me echa en falta, porque nada queda por hacer: la ropa está planchada, la vajilla reluciente y bien colocada y todas las habitaciones ordenadas, barridas y fregadas. Los niños ya están bañados y la cena, preparada.

Desde aquí, mi pueblo blanco se ve al pie del cielo, un cielo a ratos morado, a ratos rosa, a ratos azul… me gusta este cielo apenas sembrado de algodones desperdigados, apenas raspado por la enhiesta torre de la iglesia mayor.

Rodeado de pinos, de encinas, de castaños y de olivos, en mi pueblo los balcones empiezan a oler a jazmín y a dama de noche… casi puedo sentirlos desde aquí.

El viento mece las ramas de los árboles, y refresca el ambiente caldeado del sol de todo el día. Una vez más, me lamento por no haber traído algo para cubrir mis hombros, y al mirarme me doy cuenta de lo distraída que soy, que con las ganas de escaparme hacia aquí me he dejado hasta el delantal puesto sobre el vestido rosa. Ahora que lo veo, tampoco queda tan mal sobre él… será porque al fin y al cabo no es el vestido de una reina, y no tiene ni dorados ni bordados ni encajes ni nada de nada; es un simple vestido de tela rosa, un poco gastado, pero que a mí me gusta.

Tampoco mi pueblo es una gran ciudad, pero a mí me gusta; y tampoco yo soy una gran dama, pero con mi vestido y mi pueblo, aquí sola en el camino hacia la ermita, me siento feliz.


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Pintura: "El Vestido Rosa", de Frédéric Bazille.

Texto: Esperanza

LA JOVEN MÁRTIR



Muerta vas, joven mártir, por el río.
Muerta, flotas dulcemente sobre las aguas gélidas.
Muerta, la luz de tu alma santa se abre paso entre la oscuridad que a tu alrededor se cierne, como antes tu pureza se abrió paso entre la inmundicia de quienes te mataron.
Muerta, brilla el blanco de tu vestido aguado, brilla el blanco de tu rostro dormido, y las ondas del agua son eco de tu resplandor.
Muerta, ya descansas tranquila, y no te oprimen las cuerdas que te ataron las muñecas, ni te percatas de la presencia de aquél que viene por donde raya el alba.
Muerta vas, sola y plena, sobre el río todavía sin aurora, dejada a la deriva como barca confiada en que llegará a buen puerto.

Muerta vas, joven mártir, viva en Dios.

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Pintura: "La joven mártir", de Paul Delaroche.
Texto: Esperanza.

PREGUNTAS SOBRE EL AMOR



Dígame quién lo sabe: ¿cómo es hecha
la red de Amor, que tanta gente prende?
¿Y cómo, habiendo tanto que la tiende,
no está del tiempo ya rota o deshecha?

¿Y cómo es hecho el arco que Amor flecha,
pues hierro ni valor se le defiende?
¿Y cómo o dónde halla, o quién le vende,
de plomo, plata y oro tanta flecha?

Y si dicen que es niño, ¿cómo viene
a vencer los gigantes? Y si es ciego,
¿cómo toma al tirar cierta la mira?

Y si, como se escribe, siempre tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿cómo tiende la red y cómo tira?

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Poema: Hernando Acuña.
Pintura: William Adolphe Bouguereau,
"Cupido al acecho"
("Love on the Look Out").

FELIZ DÍA DE LAS MADRES, MAMÁ.




Las madres. ¡Ay las madres! ¿Qué sería el mundo sin ellas? Posiblemente, algo mucho más ruin y mucho menos digno de vivir.

Recuerdo un día de verano en que la luz de la mañana inundaba la habitación y en alguna parte se olía todavía a azucenas blancas.
Mamá había pasado toda la noche aferrada a la cuna, preparando paños húmedos y suministrando el jarabe cada tres horas, como le había dicho el doctor; exasperándose porque la tempestad no amainaba en la mala salud del pequeñito, preocupada porque la fiebre no bajaba y las gotas diminutas de sudor rociaban constantemente su carita pálida.
Durante los últimos días la casa se había llenado de temores; mi hermano no acababa de cumplir un año y parecía que la vida no le hubiera convencido, dudando todavía entre quedarse con ella o volver al lugar donde todos los niños vagan antes de nacer.
Más que él sufría mamá; cada vez que enfermaba dejaba ella de reír, con lo mucho que reía, y luego de comer y de dormir y hasta de pensar en cualquier otra cosa que no fuera su hijito.
Esta vez, sus preocupaciones habían tenido más razón que nunca; aquella noche, el niño parecía ya a punto de irse, sus ojos casi cerrados, su respiración irregular, y el pechito subiendo y bajando tan rápido que asustaba. Me daba pánico verlo así y ver a mamá tan compungida y demacrada, y entre sollozos corría a refugiarme entre los pliegues de su vestido; mamá, la dulce mamá, me acariciaba entonces el cabello, y me repetía los mismos susurros de esperanza con que se quería convencer a ella misma y que a todas horas tenía en la boca, como si fuera una letanía, en aquellos días angustiosos.
Quizá Dios escuchó los ruegos de lo más profundo de su alma de madre, quizá el mismo niño quiso vivir y vivió; el caso es que el milagro tan deseado se obró: al rayar el alba mi hermano salía de las garras de la muerte y dormía tranquilo en los suaves, cálidos brazos de la mamá sonriente, exultante y gozosa, como el guerrero que acaba de ganar la batalla decisiva; porque no hay victoria más importante para una madre que la de ver vivir a un hijo cuando pudo morir.
Al llegar el mediodía, mamá no podía disimular ya el cansancio de tantas horas acumulado. Yo me daba cuenta y me compadecía de ella mientras veía los cerezos cargaditos con sus frutos rojos en el jardín. “Cerezas brillantes, cerezas jugosas, cerezas ricas… ¡mamá!”
Un poquito más tarde, entraba yo en la habitación con mi cestita de cerezas recién cogidas (con ayuda de la abuela). Mamá, agotada del todo, había acabado por tumbarse en la alfombra persa, y cuando me vio se incorporó un poquito y me hizo sitio para que me sentara a su lado. Me quité los zapatitos negros un poquito manchados de la tierra del jardín; cuando mamá vio las cerezas, me besó y me abrazó y me dijo mil cosas bonitas.
Y yo, toda orgullosa; por una vez, era yo la que ayudaba, la que me preocupaba por ella, aunque fuera dándole aquellas simples cerezas que sabía que le encantaban; quizá así compensaba un poquito todo el amor que ella nos había dado y demostrado en tantas noches insomnes, velando por nosotros como ángel de la guarda, y tantas otras veces, con gestos, sonrisas, palabras de ánimo y amor. Ésa era mi manera de decirle que yo también la quería, que estaba orgullosa de ella, y que pensaba que era la mejor madre del mundo.

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Texto: Esperanza
Pintura: "Madre e hija", de Lord Frederic Leighton.