A MI HERMANA MAYOR.


Un beso sonó, casi imperceptible.

 Aunque no sabía casi nada del mundo, sabía decir muy bien dos palabras: una era “mamá”, por supuesto; la otra era un intento de “hermana”, pero la lengua se le trababa todavía y solo alcanzaba a pronunciar “ta…ta”. Y ya, siempre fue Tata.

La verdad es que la Tata le gustaba. Le parecía que el mejor momento del día era cuando volvía de la calle, aunque hubieran pasado cinco minutos desde que se acababa de ir. Adoraba cuando llegaba con su alegría, riéndose con los ojos como solo ella sabía, o cuando jugaba con ella, o hasta cuando le gastaba bromas que a veces la enfurruñaban. A su lado siempre se sentía importante, porque la Tata celebraba cada uno de sus pasos como si fuera una gran hazaña. Y cuando alguien se portaba mal con ella, siempre, siempre, reaccionaba, airada y sin ambages, sin importarle quién fuera. Era como su ángel de la guarda, su mejor amiga, un alma gemela: su hermana mayor.

Aquel día, no sabía por qué, vino triste. La chiquitita se la quedó mirando un rato, esperando paciente la primera sonrisa, pero esta no llegaba. ¿Quién, o qué, puede querer hacerle daño a su Tata? ¿Acaso puede existir algo tan vil sobre la tierra? No entiende nada; no sabe todavía que a veces las cosas, sin saber por qué y sin ningún culpable, pasan y duelen, sin más. 

Pero aunque es pequeña, el beso es grande, porque dice muchas cosas, y así dice: tata te quiero, tata no estés triste, todo pasa siempre. Aunque solo sea la pequeña de tu hermana, hazme caso. Y nunca te sientas sola, porque cada pena que tú sufres es una pena que yo llevo, cada esperanza que tú tienes, lo que yo también anhelo y cada alegría en tus ojos, la luz que siempre conservo. 

Y ahora, Tata, después de tantos años, ese mismo beso, diciendo todas estas mismas cosas, es lo que te mando.


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Pintura: Intimité o La grande soeur, de Eugène Carrière.
Texto: Esperanza

HOY NO HABRÁ SUERTE



El otoño se intuye al doblar cada árbol, cada esquina del parque. Una hoja, dos hojas, tres hojas. Un montón de hojas juntas en el suelo, amarillas, marrones, claras, oscuras, alfombra donde crujen ruidosas mis tímidas pisadas. He venido muchas veces antes, en mis mejores tardes, pero hoy es evidente que no habrá suerte.

Las musas son muchas, no tres como nos dijeron. Abundan entre ellas las que tienen la piel resplandeciente de nácar esmaltado, del tacto suave del que debieran ser las nubes, envidia de las mujeres vulgares. Las musas son siempre delicadas y etéreas, y, según mi experiencia, son sociables, pacíficas y afables la mayor parte de las veces. Cuando están de buenas, pueden ser las criaturas más adorables que existen sobre la tierra.

Hoy, sin embargo, no las reconozco, tal como las veo castigándome con su indiferencia. Mi saludo se vuelve inútil: ninguna cara, ninguna sonrisa se dirige hacia mí. Todas me han sentido, pero todas me ignoran, y renuncian a interrumpir la calma de lo que cada una va haciendo, da lo mismo que sea limarse las uñas con esmero –musas coquetas, al final casi mujeres-, murmurar muy bajito, o vagar entre los árboles de dos en dos, confesándose a saber qué secretillos. Todas prosiguen sus tareas, distantes, inalcanzables, recordándome que mi presencia ni les va ni les viene, sencillamente, les da igual: ya no soy su amigo.

¡Qué idiota! ¿Cómo pude hacerlo? El otro día intenté secuestrar a una musa, si es que así se puede decir. ¡Necesitaba tanto una idea! La novela va peor a cada día, sin salida. Encima, no encuentro más que epítetos previsibles y aburridos: labios… rojos, ojos… brillantes, lágrimas… cristalinas, ¡corazón roto! ¿A quién le interesan cosas así?… el asesinato de Horacio no ha resultado intrigante, sino sencillamente ridículo. Los personajes son marionetas estereotipadas, sacudiéndose entre sus casualidades inverosímiles, mirándome malhumorados desde el otro lado del papel a cada letra que escribo, inquiriéndome qué será lo próximo que tengan que soportar.

En esas estábamos un día cuando entró por la ventana, como un pajarillo descarriado demasiado joven para volar, una musa despistada. ¿Cuánto tardaría otra en llegar?, pensé. Hacía tanto tiempo que no venía ninguna, que a esta no podía dejarla ir (¡estúpido de mí!). Rápido y decidido yo, y ella todavía confusa, sin darse cuenta de que se había equivocado de escritor, mirando horrorizada mis dedos como garfios clavados en sus níveos brazos, y yo como un loco casi gritando, preguntándole qué hacer con la novela. ¡Plas! La musa se evapora, flotando en el aire un momento más sus ojos indignados e interrogantes y en mis dedos ardiendo su promesa firme de no volver jamás. Luego, de nuevo, solo frente al papel blanco, cabizbajo y enfurecido, sobre todo conmigo mismo: a las musas jamás se las puede forzar, ellas vienen cuando quieren, si es que vienen, y solo si ellas quieren empiezan a hablar.

Así es que por mi culpa hoy no se arremolinarán jubilosas en torno a mí, susurrándome una imagen brillante, un camino nuevo en la encrucijada imposible, un algo revelador a nadie jamás ocurrido; no sacarán a pasear sus palabras para que jueguen conmigo, ni traerán a mi mente los recuerdos de los que a veces escribo. No caminarán junto a mí, mostrándome la cadencia de las sílabas, el ritmo secreto de las frases del que nadie se da cuenta, pero que para siempre ahí queda. Hoy ninguna de estas cosas harán, porque todavía tengo que pagar mi ofensa, pero, ¡ay! ¿serán alguna vez capaces de perdonar?



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Pintura: Las musas (Les muses), Maurice Denis.

Texto: Esperanza.

LA PRIMERA SALIDA



El teatro, abarrotado. Las cabezas engalanadas, los cuellos bien almidonados y un montón de trajes preciosos que hoy van siendo estrenados. La feria de las vanidades, el auténtico espectáculo que todos han venido a presenciar, el de los collares de perlas, los sombreros abultados, las miradas de envidia, ha empezado mucho antes que la función teatral. Entre el alboroto del gentío que se acomoda en sus asientos, un perfume con olor a opulencia impregna de pronto el ambiente: las cabezas se vuelven al unísono hacia la altiva condesa de Fournier, que con su descaro habitual presume de amante, haciendo las delicias de los enemigos de su marido. Sin embargo, pronto la estela de su aroma y su alegre desfachatez –como gusta decir solemnemente entre las damas de buena reputación- se va yendo de la sala, muy a su pesar, porque las atenciones vuelan de un lado a otro como un péndulo que va girando poco a poco hasta acaparar todo el teatro, hasta cubrir a cada personaje de cada butaca, palco o esquina: ahora las miradas se clavan hasta picar un poco en el menor de los Laroche, que se hace acompañar de … ¿quién es? ¿Es la bella alemana que estuvo el otro día en la fiesta de Desmarais? ¿O es acaso la hermana pequeña de los Leveque? Unos cuantos anteojos insolentes, de espaldas al escenario, se enfocan con prestancia para conseguir la respuesta: es la alemana, por supuesto, de la que ni el nombre sabemos… habrá que investigar más en las próximas reuniones, piensan un buen número de cabezas creyéndose muy ocupadas.


De pronto, uno de los observadores avisa de su llegada, y entonces la sucesión de comentarios y de volteos de rostro es imparable. Por un momento, el regocijo de los presentes es unánime al descubrir a la deliciosa hija de los Bonnard, que tras varios meses de espera asiste a su primera salida. Es tan joven y tan dulce que instantáneamente se ha granjeado las simpatías de muchos corazones, y todo el teatro se vuelve hacia ella con benevolencia. Pocos segundos dura en el punto de mira de la multitud, que pronto vuelve a empezar su incesante periplo de cotilleos. No obstante, algunas caras siguen todavía pendientes de ella: unos, deslumbrados por la bonita frescura de su expresión, otras, conmovidas porque saben que hace mucho, sus propios ojos brillaron de ese modo y ante el mismo impulso temblaron también de emoción. Era otro tiempo, otro teatro, pero la misma sensación de descubrir un nuevo mundo y de maravillarse tanto.


Ella sabe que la miran, que todo el mundo la ha visto, ¡y se complace tanto de ello! ¿Cuánto tiempo esperando este momento? Desde su nacimiento por lo menos, piensa, antes de dejar de hacerlo, de dejar su mente en blanco, y estremecerse en silencio ante la espectacular escena que contempla, su pequeño cuerpo inundado todo de ilusión. Todavía sostiene en su regazo las flores y la écharpe de zorro, un regalo para la ocasión: ya no se acuerda de ellos. Absorta, entregada a la contemplación, va memorizando atentamente los detalles del teatro, pensando que le llevaría horas absorber cada pequeño rincón para atraparlo en el recuerdo, para que siempre le acompañe al cerrar los ojos. Las lámparas de cristal sobre el fondo dorado, la infinidad de colores, la belleza infinita de tantas mujeres, el amor en cualquier esquina, las risas joviales de la gente, todas las personas de las que tanto ha oído hablar y a las que por fin puede ver…


Finalmente, los murmullos se vuelven más y más apagados, las luces se bajan y el granate se va partiendo en dos, avanzando majestuoso y sin prisa hacia los lados. La niña sonríe, expectante. También en su vida se ha abierto el telón.




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Pintura: La première sortie (La primera salida), de Pierre Auguste-Renoir.

Texto: Esperanza


LA REFLEXIÓN



“Más fuerte, más inteligente, más rápido, más bueno, más exitoso…: mejor”.

A veces, las ambiciones perseguidas se asemejan a la línea del horizonte que en lo más lejano se divisa: yendo hacia ellas nos parece que podemos perder todo el tiempo del mundo sin llegar nunca a alcanzarlas, pero en pos de ellas vamos pasando preocupados los breves compases de nuestras vidas. A veces los propósitos, del género que sean –aunque tanto más cuanto más difíciles-, son sierpes que entre nuestras piernas se enredan o enormes losas que sobre nuestras espaldas pesan, que nos hacen difícil avanzar o, más grave aún, nos impiden darnos cuenta de que, de mejor o peor modo, avanzamos. Hay ocasiones en que falta el aliento para proseguir hacia nuestras metas, en que uno siente el cuerpo a punto de desfallecer, y los miembros casi no responden, cansados como están por el largo y a ratos inhóspito recorrido. Solo continuamos andando como autómatas por el influjo del sol cegador de los sueños, el sol que en nuestros espíritus insufla la imagen radiante y perfecta que queremos emular, el sol que con sus cálidos brazos nos insta perpetuamente a seguir el camino hacia algo mejor.

Pero a veces, ni siquiera él consigue animarnos, volviéndose inalcanzables sus luminosas ilusiones, y nos disponemos a abandonar lo empezado. Por culpa de un revés, de un golpe mal dado, de cualquier cosa que no fue como debió ser, nos hundimos rápidamente en las sombras, inermes, exhaustos, desgraciados. Hemos tocado fondo y hay, entonces, que pararse. Mucho antes hubiera sido recomendable, pero llegados a este punto es ya necesario para seguir vivo, como lo pueda ser el agua al sediento, el pan al hambriento, el beso al enamorado. Hay que bajar la mirada, agachar la cabeza, cerrarse sobre uno mismo, dejar que el mundo, el nuestro, el de los insignificantes escollos y las alegrías de cada día, pare por un momento; darle la espalda al brillo de los propios fines y proyectos, y encontrar otra luz, que hasta con los ojos cerrados se puede ver, más pura y más adentro: comparar y ver la importancia real de las cosas desde los ojos de otro, de la Historia, o del universo entero, es decir, contemplar nuestros problemas desde fuera y a lo grande: de seguro que las penas, las heridas y los contratiempos parecerán menos. Ese rato, concentrado en uno mismo y pensando en esas cosas auténticamente importantes, es lo que, según creo, hace posible a los grandes hombres, los que a la larga consiguen grandes cosas, proseguir luego el trayecto, plenamente y con constancia, ciertamente conocedores de sus metas y con afán por alcanzarlas, pero también, y más relevante, conscientes de cada paso, dueños de su propio camino, felices de estar vivos.


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Pintura: Jeune homme nu assis au bord de la mer (Desnudo masculino sentado al borde del mar), de Jean Hippolyte Flandrin.

Texto: Esperanza

ROMANCE DE ZAMARRILLA

Corriendo baja la sierra

espectro de un alma en pena

su sangre un río de angustia

corre a la muerte que espera.

Y tras sus pasos marcados,

repican como tambores

cuadrilla de arcabuceros

pisándole los talones.


Entra en Málaga el bandido

al que llaman Zamarrilla

y en un ademán de astucia

se camufla en una ermita.

Sus ojos refulgen ávidos

de odio, sangre y venganza,

sus manos sostienen firmes

un puñal color de plata.


Mas al girar la cabeza

en la ermita blanqueada

siente helarse entre las venas

su sangre, fuego escarlata.

En el fondo de la iglesia

hay, más puro que la luna,

un rostro dulce y sereno,

la Virgen de la Amargura.


Tiembla el cuchillo en sus manos

tiembla su cara morena

como ríos en sus mejillas

corren lágrimas de seda.

El puñal se le ha caído

a los pies de la Señora

y burla tras de su manto

la guardia de la Corona.


Zamarrilla agradecido

le regala a aquella Virgen

la más pura rosa blanca

que encontrara en los jardines.

Puesta está sobre su pecho

blanca está como la ermita,

cuando en roja se ha tornado,

ante su cara divina.


Han pasado muchos años,

ya está muerto el bandolero,

ya están en polvo tornados

los despojos de sus huesos

mas cada Semana Santa

la Virgen, desde su ermita,

pasea las calles a hombros

y la llaman ¡ZAMARRILLA!

Sobre el sudor trinitario

y ante el pueblo que la ensalza,

luce la rosa más roja

de los jardines de Málaga.


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Poema: "Romance de Zamarrilla", Poemario Tierra de olivos, de Manuel de Guzmán.

Virgen de Zamarrilla: talla anónima del siglo XVIII.


LA BUENAVENTURA


“Niña, déjame que te diga la buenaventura, que te veo tristecilla desde hace ya muchos días. Me parece a mí que sé de dónde manan tus dolores, de dónde brotan los pesares que te desconsuelan el corazón: dos estrellas del color del azabache veo prendidas en tu cara, negro sobre negro, con el brillo que antes tenían ahogado por las lágrimas. Vas penando en tu soledad por la compañía añorada, por los besos robados que huyeron de ti. Presiento que cada segundo viviendo con la ausencia es como una losa pesada sobre tu alma. No intentes engañarme, bonita, que las cuitas de los amores bien que me las conozco yo.

Pero, descuida, no habré venido para apesadumbrarte todavía más, mal rayo me parta si eso es lo que consigo. Vengo a decirte las buenas cosas que el sino trae para ti: todas ellas las he visto y contártelas ya quiero, que ni un momento más merecen tus sufrimientos. He preguntado a la luna, al sol, a todos los astros del firmamento, hasta a algún espíritu he debido importunar para conocer tu destino, y todos me han dicho lo mismo. Mira la carta que te muestro, muchacha, ¿sabes lo que significa? Es el amor verdadero, constante y para siempre, el que vence el desaliento y más fuerte se vuelve con el tiempo. Es el hombre apuesto y galán, que besará la tierra que pises, que traerá la dicha a tu alma, a tu cuerpo, a tu casa, que te colmará de presentes, de caprichos y satisfacción. Con él, ni acordarte podrás de los tiempos en que sufrías por la zozobra en el amor. Tranquila puedes estar, que tus congojas terminarán, ¡y muy pronto! Pero, niña, ¿me escuchas? ¿No te alegras por lo que te digo? Verdaderamente parece que no, cuando así te veo, ausente, los ojos clavados en el suelo, sin dignarte siquiera a mirar lo que te muestro. Habrás de saber entonces que mi arte nunca falla. Empiezo a arrepentirme de perder el tiempo comunicándote tu buena suerte, cuando así me desprecias”.

“No te desprecio, mi buena amiga. Perdóname por ser desagradecida, que sé que buenas son tus intenciones, pero más pesan mis razones para detestar lo que me dices. Yo no quiero el futuro que me auguras y con gusto se lo cedo a otra que mejor lo anhele. Rechazo ahora mismo al caballero que haya de venir y de traerme, como tú dices, la buena ventura, porque no creo que tal cosa pueda existir para mí faltándome la presencia del único al que puedo amar. Del hombre que me presentas reniego los cariños, los regalos, el cortejo, reniego de todo él, por no ser quien yo quisiera: ese habrá de ser su mayor delito, a pesar de su inocencia”.



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En homenaje al Museo Thyssen Málaga, inaugurado el día 24 de marzo de 2011.

Pintura: "La Buenaventura", de Julio Romero de Torres, Museo Thyssen Málaga.

Texto: Esperanza

LOS BEBEDORES DE AJENJO


En el frío café de la Nueva Atenas, los bebedores de ajenjo se encuentran un día más pasando las horas de su penosa vida, expiando con creces nadie sabe qué culpas. Están juntos, pero no son amigos. Son sólo compañeros de circunstancias, de soledad y de silencio. Ninguno espera la confianza, la ayuda o la amistad del otro, ni siquiera se acuerdan muchas veces de su simple presencia. La bebida es caprichosa, y no permite que en los corazones por ella envenenados haya sitio para otros.


Esta mañana, como tantas otras, se levantaron tarde y sin ganas de vivir, pensando solo en este momento, sin ver en el horizonte otra ocupación en que dedicar su tiempo. Se conforman con poco, pues no desean otra cosa más que estar en este miserable rincón del mundo, lleno de ruido de vasos y platos mal fregados, de risas desconocidas y conversaciones ajenas de gente indiferente que ni siquiera se molesta en mirarlos con desprecio, tan insignificantes les parecen.


El poco dinero de sus rentas no les da más que para malvivir; pero siempre encuentran lo justo, no para comer ni arreglar sus ajados y descoloridos, sucios y manchados trajes en otro tiempo decentes, sino para pedir otra copa colmada de ajenjo. Y es en él, en su sabor amargo, en la terrible quemazón de la garganta al tomarlo, donde estos pobres bebedores encuentran consuelo. Alto es el precio que pagan por ello: a veces, ella acierta a recordar los lujos y las alegrías de otro tiempo, a veces él consigue enfocar la mirada escéptica en derredor entre el humo de su pipa, pero, con la segunda copa y todas las que después vengan, ya ni siquiera serán capaces de eso, y como enormes amebas sin conciencia sus ojos todavía se volverán más mates, sus hombros aún estarán más caídos, su existencia carecerá aún más de sentido, diluida para siempre en el sabor dulce del ajenjo. Y esta será su triste rutina hasta el último día de su vida, en que por fin Dios tendrá clemencia y los librará de este infierno.



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Pintura: "El ajenjo", de Edgar Degas

Texto: Esperanza

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